Al tercer día de su naufragio, Alfonsina vio a los lejos la extensa orilla de una isla sin árboles ni montañas. Llevaba un mes en altamar, y la única tierra que había visto en ese tiempo era el polvo que aún guardaban sus zapatos. Después de un suspiro, sus ojos sonrieron y sus manos se convirtieron nuevamente en los remos de su barca. Mientras se acercaba, el caparazón pardo de la tortuga carey se asomó a la superficie. “Es la última”, le dijeron hace un mes en el laboratorio. Y ella, a pesar de sus seis meses de gravidez, decidió aventurarse a la mar. “¿De qué parte del sur vendría? ¿Cuánto tiempo le habrá tomado llegar a esta parte boreal del Atlántico? ¿Sabrá que no hay nadie más como ella?… Migrante como tú, solitaria como tú, abandonada como tú, Alfonsina“, se dijo sonriendo mientras acariciaba su vientre hinchado sin dejar de avanzar sobre el agua. Pero a veinte metros de la orilla, al ver que el caparazón de la carey se confundía entre los restos de plástico y caucho de los que estaba hecha la isla, lentamente sus manos dejaron de remar. 

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Por: C.W.L.P. | Categoría General.
 
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