De pequeña, siempre soñé con volar. En mis sueños, tenía alas y esas alas eran grandes y fuertes, y con ellas podía sobrevolar el mar que cada mañana contemplaba desde la ventana de la habitación que compartía con mi hermana.

Ese mar azul que me acompañó durante 16 veranos está siempre en mi recuerdo, pero tuve que dejarlo y con él, tuve que dejar mi ciudad: asediada por turistas y bañistas en verano, olvidada el resto del año. Mi familia y yo nos mudamos a la capital. «Allí podrás estudiar y ser alguien».

En la gran ciudad, todo me resultó extraño. Ya no era más la hija de Peñita ni la pequeña de la casa verde. Era nadie.

Allí, en la gran ciudad, los hombres me tomaban por ingenua —¡pobre provinciana! —, tonta, carne y tetas, sin más. Un día, un tipo en bicicleta me tocó un pecho cuando pasó por mi costado; otro me acosó mientras volvía de la universidad a casa; y aquel de traje y corbata me arrebató el móvil estrujándome el cuello a escasos metros de un canal de televisión.

Nunca había viajado en avión. Por primera vez, iba a volar ¡y por casi 12 horas! Siempre había soñado con volar y el avión que me llevaría a Europa era de alas grandes y fuertes.

«¿Cuánto me cobrarías por sexo?», me preguntó un hombre que conducía un coche negro en el momento en que me dirigía a tirar la basura al contenedor. «¡Vete a la mierda!», espeté.

Tiempo después, en una mañana de invierno, mientras tiritaba de frío en la parada del autobús, alguien se me acercó: «Eres latina, ¿no?», y antes de girar para ver de dónde provenía esa voz, advertí un gesto asqueroso que siempre he intentado olvidar.

¿Acaso había dejado de ser la «pobre provinciana» para ser la «pobre latina»?

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Por: L.T.S. | Categoría General.
 

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