Él se presentó en casa de ella sin ser invitado. Era el primo de un amigo que pasaba por allí. Era encantador, y se desplazó flotando, como una espora que trae el viento y cae liviana sobre la hierba mullida. En poco tiempo, germinó, echó raíces sobre el cojín derecho del sofá. Brotó sin hacer ruido y sin avisar, y lentamente, como hacen las plantas, fue colonizando su espacio y su vida.

Los amigos de ella dejaron de ir a visitarla. Él era tan absoluto que ella había dejado de ser ella, se estaba transformando en un ser híbrido, casi vegetal, y con la voluntad aletargada de un ficus.

El tiempo fue pasando lento, pero sin detenerse. Tan solo unos meses después, la policía derribó la puerta alertada por los vecinos, que se quejaban de las selváticas ramas que vomitaba sin control el ventanal del salón. En el interior, un cúmulo de raíces retorcidas se extendían como el esqueleto de un inmenso parásito, hasta llegar a la habitación, donde ella yacía inmóvil, aprisionada por las ramas gruesas de una frondosa planta trepadora.

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Por: J.L.S. | Categoría General.
 
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